Minientrada

No me culpes por buscarte en horas oscuras.
¿Qué otra cosa puedo hacer si nunca aprendí
a vendarme las heridas?

 

Atenas ardía y la venganza impartía su ley en los juzgados.
Ganaban las derechas y saqueaban los derechos conquistados.
Y a pesar de todo, heridos de muerte, tú y yo nos enamorábamos.

 

Podemos conocernos al revés.
Despedirnos entre lágrimas
antes de jurarnos amor eterno,
besarnos por primera vez a oscuras
y conocernos entre la sábanas.

 

Ya no resulta tan fácil conformarse
con besos y verdades a medias.
Y aunque mi mitad sigue en píe,
busco la tuya en todas las acercas.

 

A decir verdad te he buscado a hurtadillas,
en las líneas de metro que cruzan tu calle,
en un par de canciones,
incluso en aquel libro que olvidaste en mi mesilla.

 

Como siempre,
ganando el horizonte en cada paso,
y el cielo en cada beso.

 

A la mañana siguiente sólo quedaba olor a tabaco
y a fracaso en la ropa. Dos almas
cansadas y rotas. El sabor de tu piel mis labios
¿Ese era el amor que me prometías anoche?

 

¿Por qué será que siempre acabo encontrando
el final de mis versos en tus labios?

 

Andabas con las puntas de los pies, se rompía el alma y tu llorabas.
Era fácil encontrar el mundo entre tus piernas,
pero imposible acostarse a tu lado y ser feliz.

 

Lo triste es que éramos dos extraños
queriéndonos como nunca,
jugando a destrozar a pedradas la soledad,
predispuestos a olvidarnos como siempre.

 

Se hace más difícil silenciar el ruido y escribir algún verso,
contestar al pretérito futuro del engaño.
Esquivar las miradas que nos lanza el desaliento y refugiarnos,
eludir la marcha fugaz de tus besos robados.

 

Esperando que vuelvas y arreglemos desastres,
me inspires algún verso digno de Serrano.
Y encontremos en la muerte que traen lentamente los años
un beso que nos haga eternos
y seamos la única promesa que cumpliremos.

 

Podríamos hablar de tus miedos y las lágrimas,
de las tardes de lluvia y tus silencios.
O, si no estás muy ocupada,
de la forma en que me dejaste sin explicación.

 

Estoy un poco confundido,
no sé si te he recordado demasiado pronto
o te olvidé demasiado tarde.

 

Seguía buscando la piedra bajo la que enterrar nuestros recuerdos,
pero al levantarme descubrí que las montañas
siguen allí aunque no mire.

 

Sé que sólo era uno más en tus noches,
no me importó:
mientras tu recorrías mi cuerpo con tus labios
yo borraba tu pasado con caricias.

 

Entiendo que tu nombre no viniese en la guía de teléfonos,
igual que tus sentimientos nunca cupieron en un diccionario.
Pues yo sabía que mis razones no dormían entre los cimientos
de la plaza que no entendía de despedidas.

 

Antes de irme te dejo un beso y unos versos
y la promesa de volver cuanto antes.

 

Definición sobre mí:
Soy un sombrero y un par de botas

 

Nos enseñaron a aprender a trompicones y caídas;
a convertir sueños en anacrónicas utopías;
a perder siempre de forma estrepitosa y en silencio;
a levantarnos y remendar las heridas.

No fue una educación perfecta,
pero insistieron mucho en esto:
“Nunca dejéis de caminar
y de pensar por vosotros mismos”

Microversos I

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