Microversos III

No sabes como odio las camas frías que no huelen a ti,
o las noches que no terminan en tus brazos.
Cómo maldigo a las sonrisas que no llevan tu nombre,
e incluso este verso que escribo y no te susurro.

 

Siempre nos quedarán las minifaldas, las piernas infinitas,
las sonrisas arrebatadoras con carmín,
las caricias al rojo vivo, los ojos azul cielo,
las manos finas, las pecas, los mordiscos,
las noches.

 

Puede que vivir sólo sea la falsa esperanza
de los que esperan que alguna vez cambie el viento
y les lleve a otros puertos.

 

Que nunca acaben del todo,
no quiere decir que no sea esa la mejor forma de acabar.

 

Podríamos decir quizá que somos instinto
definido con palabras y limitado por ellas,
hasta que me des un beso porque sí
y me cierres la boca.

 

Receta para curar mis silencios:
Dos tazas de café y tu sonrisa.

 

Dejé que me explicaras lo que entendías por amor.
Tú te desnudaste despacio y me besaste.
Y acabó toda discusión posible.

 

Madurar es atesorar recuerdos, fracasos,
fantasmas y remordimientos.

 

Odio al que inventó la compostura y las cremalleras.

 

Escribir cientos de folios
como terapia para olvidarte.

 

La mejor poesía habita
en las cartas que no se escribieron.

 

Me costó años entender que mi casa se encontraba a tu lado,
y lo demás era desierto.

 

No quise escucharte por miedo a entenderte
y que tuvieras razón al marcharte.

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