La chica del perfume distinto

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Fotografía de Mar Argüello Arbe

 

No tenía el mismo aroma que otras mujeres con las que me había cruzado. Repiqueteaba en mi cabeza la misma voz, la misma tonalidad de naranja, azul, verde, rosa y rojo. Todas tratando de ser iguales, y a la vez distintas.

Pero su aroma me llegó de golpe, sin esperarme que a las siete menos veinte de la mañana tu día pueda cambiar como si un tren te arrollase antes del desayuno. No pude evitar buscarla entre todas las caras iguales que se aglomeraban para entrar y salir del andén.

Tardé un segundo, pero la vi. Vestía como el resto, pero completamente distinta, como si las leyes de la cortesía jugasen un papel diferente en su armario. Como si los colores se hubiesen inventado para que ella los llevase como si tal cosa.

No pude evitarlo. Tuve que seguirla unos metros alejándome de mi dirección, de mi destino desatinado. Cuando pude ver su silueta completa, me imaginé su despertar por la mañana, si pensaría en sueños en vez de tareas pendientes. No hubiera adivinado qué pensaba de los días grises, pero creo que para ella, simplemente eran nubes que se disuelven al día siguiente.

La calle por la que transitábamos juntos, sin ella saberlo, podría ser perfectamente un baile de disfraces en su cabeza, en vez de la masa ausente con la que tropezaba una y otra vez. Creo que Madrid es la única ciudad del mundo en la que el cariño se golpea y no se da.

Pero ella estaba ajena a todo eso. Incluso al imbécil que le ofreció publicidad del Estarbacs, y al que yo aparté como si pretendiese arrebatarme algo más que la línea recta. Quizá pensé que se trataba de un policía que venía a quitarme la libertad, que para mi eras tú.

Ya ves que cosas más estúpidas pienso, pero ella caminaba exactamente igual a todas, pero completamente distinta. Se paró en seco, y casi me tiro a la carretera para evitar que viese a mi corazón dando vueltas de campana y sonriendo como un gilipollas. Se giró al besar una mejilla igual a la suya, pero claramente diferente.

Sonrió por fin hacia donde yo me encontraba. Llevaba haciéndolo todo el camino, pero ésta vez había bajado a la tierra, y su sonrisa era tan familiar, que la imité por puro instinto. Pasé de largo y aspiré su perfume una vez más, camino de cualquier parada de metro que me llevase a cualquier lugar.

Todo había cambiado, pero la gente seguía siendo igual, y tú distinta.

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