Patera

Estándar

Respirábamos el humo de días extraños,
de fronteras militarizadas y futuros enrejados.
Buscábamos el eco de un dios sordo y egoísta,
y las ruinas de una historia que nunca dejaron que fuera nuestra.

No eran los únicos que conocían el hambre,
pero podían recitar de memoria las mil y una heridas
que deja al pasar de largo la vida.
Y sólo tenían trece años.

Hicieron un hatillo de esperanzas y ropas raídas,
dejando en el puerto el pasado y el miedo.
Él rodeó el cuerpo de ella con su brazo,
como si con ese gesto alejase todos los fantasmas,

y la protegiese de la desdicha y la pena de ostentar
otra medalla de fracasos que les esperaba en aquella playa
sin castillos de arena,
con un tricornio y una manta bajo el brazo.

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