Microversos VII

Hemos perdido el concepto de tesoro,
ese que guardábamos de cualquiera en una pequeña caja de latón

 

Tengo las venas empapadas de versos en los que te cuento
que tu marcha me desangra cada día que trato de volver a levantarme.

 

Quien piense que hay más poesía en unas botas viejas
que en cien mil poemas, será eterno.

 

Fuiste la mejor historia de verano: con tus piercings,
tus camisetas sin sujetador, tus sandalias y esos pies imperfectos,
el tatuaje de tu brazo derecho, todas las noches en el rompeolas.

 

Hablaba de como me dejaste para no reconocer
que fui yo quien te deje escapar.

 

Quererte era tan peligroso como abrazar una sartén ardiendo,
y al final me llené de cicatrices.

 

Me pediste que te retratara como si nunca te hubiese querido,
con esa mirada inocente que dan tus veinti-pocos,
con el temblor de mis cuarenta y tantos preguntándome
si podría ser feliz por un instante.

 

Tu mirada siempre me devuelve un verso.

 

Seamos sinceros, ni yo hablo alto, ni tú estás cerca.

 

Los hombres serán sólo hombres.

 

No besarte era perder el último tren a la salvación

 

Abrazaste el suelo aquella noche,
y tu futuro se alejó de tu cuerpo en mil pedazos,
mientras nosotros, colgados de lo incierto,
no fuimos capaces de salvarte.

 

Entendí que me dejases al ver llover en el balcón,
yo pensando que nada debería cambiar,
y tu destrozando la rutina antes de irte.

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