La habitación de la niña-monstruo

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Levanto la tapa del portátil y me pongo a escribir. Ella deambula por la habitación como un tigre enjaulado, pero no se atreve a salir. Sus ojos parecen perdidos en luchas internas a las que nunca pude acceder, sus manos… las frota con fuerza la una contra la otra. Parece una esquimal sin guantes, pero no me acerco a ella ni la abrazo. Hay algo que me lo impide, y me debato contra mis instintos de salir a la calle, abandonar aquella habitación de hotel y simplemente desaparecer. Ella no es responsabilidad mía.

Me levanto porque empieza a irritarme su deambular errático, sus frases en susurro inteligibles. Ha empezado a tirarse de la ropa con insistencia, y necesito que esté tranquila para poder acabar. Sólo quiero cinco minutos para mi, y luego le dedicaré el tiempo que haga falta. Necesito que se calme, que respire y me deje hacer. Estate tranquila, le digo, no voy a ir a ninguna parte. Ella me cree. Aún no sé muy bien por qué pero lo hace, y se sienta al borde de la cama como un animal dócil. Le acerco la botella de whisky a la boca y le da un trago largo. Muy bien, le digo. Llora y gime en silencio, pero no me hace partícipe de sus pensamientos. Se abraza a sí misma y la veo con cinco años. Me da igual si su infancia fue bonita o fea, si su vida estuvo llena de cicatrices o miedos. Eso se lo dejo para los que mañana destriparán su recuerdo en titulares sensacionalistas. Ella, ahora mismo, es una niña con miedo, y yo solo soy alguien que pasaba a su lado. Debo decirle que todo va a ir bien, aunque sé que es mentira, que nada irá bien. Ella es una niña-monstruo y yo alguien que pasaba por allí en sus peores horas. Ella lo sabe, pero finge que soy una especie de gurú, y me deja hacer sin interponerse.

Me siento otra vez al teclado y escribo otro párrafo más. Cojo uno de sus cigarrillos del bolso. Uno de esos cigarrillos baratos que nadie fumaría si tuviese algo de dinero. Pero ella es torpe, y la fortuna esquiva. Otro desastre que nadie le ha ayudado a corregir. La primera calada me sabe a cartón y amoniaco, y rasga mi garganta con saña. Resisto la tentación de irme, de toser, de gritar. Ella se levanta de nuevo y coge la fotografía enmarcada de su hijo. Es el único objeto que le he dejado llevarse de la casa antes de marcharnos. La policía debe estar ahora allí, y no quería que pareciese manipulada la escena. Le he matado, le he matado, le he matado. Sigue repitiendo esas tres palabras hasta que me vuelvo y le digo que si, que le ha matado de una forma cruel e injusta, era su hijo y no tenía derecho a sacarle de este mundo de esa manera, pero no hay nada que hacer, y ahora debemos terminar cuanto antes, para que pueda descansar. Para que los dos sean una triste historia en el pasado, varios titulares estúpidos y oportunistas, hombres devorando hombres. Una mujer de apenas veinte años convertida en monstruo por el mundo, por la fortuna, a la que nadie hará verdadera justicia, porque nadie querrá tener las manos manchadas de sangre.

Le digo que beba un poco más, e insisto en ello hasta que lo hace. Luego le digo que se siente con firmeza. No se lo digo con crueldad, mi voz es dulce y serena, la noto lejana y ahoga en un punto indefinido de la condición humana. Vuelvo a sentir la necesidad de salir corriendo, de convertirme en un espectador que mañana vea la noticia en el telediario, y escuche en el bar la sarta de estupideces que dirán los que se creen libres de pecado. Ser de nuevo el vecino que no oyó nada, el vecino que sabía que era una mala madre, el vecino que la absuelva o se haga el sorprendido. Pero yo no soy ese. Soy un vecino que vio a su hijo en la bañera, azulado; que vio a una madre en shock cometer el mayor crimen existente. Un vecino que siente la necesidad de ayudar a aquella niña a que pueda descansar.

La niña-monstruo deja caer la fotografía al suelo y el cristal se hace añicos. Me acerco a ella. Limpio las lágrimas de su rostro y cualquier rastro de monstruo que encuentro. Ha conseguido conmoverme y la abrazo. Siempre ha sido una niña, y nadie se había dado cuenta hasta ahora. Ha tenido que pasar todo para que alguien pueda advertir del peligro de gente como ella. La abrazo mientras ella me susurra “sólo quería que dejase de llorar. Llevaba tres días sin parar, y yo quería dormir”. Sigo sin saber en qué lado de la condición humana me encuentro, pero al menos estoy en uno, y eso me consuela levemente. Ahora dormirás, le digo, no te preocupes, estoy aquí para ayudarte. Y ella se deja llevar como una muñeca. Es un animal dócil y frágil, y ahora soy yo el hombre-monstruo que viene a salvarla y condenarla al mismo tiempo. Pero no quiero que sufra, no puede enfrentarse a los periódicos ni a las miradas sin dejar de ser la niña que siempre ha sido.

La recuesto en la cama y le vuelvo a acercar la botella, que está casi vacía. Le pego un trago y sonrío a la niña que me mira con ojos lastimosos. Le acaricio el pelo y le saco varias pastillas de la caja de Valium que dejé en la mesilla. Se las traga sin rechistar, todas y cada una de las que le acerco, mientras la botella de whisky se va acabando. Muy bien, le digo, ahora es hora de dormir. Le agarro la mano con fuerza y le susurro que todo va a ir bien. Era lo único que ella quería, que alguien estuviese a su lado, que le susurrase mensajes consoladores, que le ayudase a salvar el miedo. Ahora no hay vuelta atrás, ella lo sabe y yo lo sé. Es una niña y yo soy su monstruo salvador.

Se ha quedado dormida. Recojo toda la habitación, limpio mis huellas con delicadeza, dejando el portátil encendido con la nota de suicidio en primer plano. Meto todo en una bolsa de plástico, le doy un último beso al cadáver que duerme sobre la cama. Tiene esa expresión de una persona que se siente protegida. Ahora podrás descansar, pequeña muñeca. Ahora nadie podrá hacerte daño. Son las dos últimas frases que le he dicho antes de que cerrase los ojos, mientras le masajeaba el pelo y le agarraba la mano con delicadeza. La botella de whisky descansa en la mesilla, y siento la tentación de pegarle un trago antes de marcharme.

Salgo a la calle y la ciudad ni se inmuta. Ella está muerta y mañana sus restos serán devorados por la masa, desmembrada con saña para regocijo de la audiencia. No importa. No es nada personal, sólo el negocio de la miseria humana. La prisa y el consumo lo habrá borrado todo antes del sábado, y el monstruo sólo será una niña en mi recuerdo.

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  1. Se te da bien el género policiaco-oscuro-negro. Tienes un estilo que mola y cada vez se te va marcando más al narrar. Es un relato largo para este mundo de prisas y lecturas cada vez más rápidas, pero he de confesar que se me ha hecho corto y me ha mantenido enganchado, lo cual es digno de admiración.

    Me ha dejado pensando. ¿Un monstruo es monstruo porque se siente monstruo o porque los demás lo consideran monstruo? Una vez respondido eso se me viene a la cabeza otra pregunta ¿qué es un monstruo? o una más ¿de alguna manera todos somos monstruos?

    Ahí lo dejo.

    Salud y cerveza fría en esta ola de calor.

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  2. Una escena muy gráfica, vas desgranando sensaciones y sentimientos poco a poco y eso hace que el lector logre ponerse en la piel de tus protagonistas. Un poco denso para un domingo por la mañana de resaca pero… un buen trabajo! 😉

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  3. Pingback: Índice de relatos | Luis Cano Ruiz

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