Yo sobreviví a mi vecina

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No, el relato no es sexual. Al menos no por mi parte, y desde luego, espero que tampoco por la suya. Se trata, más bien, de un relato de terror al más puro estilo “La Comunidad”. Quizá el dato más importante, para ponernos en contexto, sea decir que mi vecina y su marido rondan los 80 años, son un matrimonio tranquilo y viven justo debajo de nuestro pequeño piso.


Ellos en un cuarto sin ascensor. Nosotros, en un quinto sin ascensor, y con ellos debajo. Al principio de mudarnos, todo fueron buenos días, caras amables y frases corteses. Por supuesto, nosotros correspondimos como unos jóvenes bien educados harían. Les subimos la compra, les cedimos el paso en la escalera, y soportamos su guerra biológica a base de guisos y pucheros sobrecondimentados que nos atacaban el olfato, hasta el punto de sabernos igual unas fajitas con curry y unos espaguetti boloñesa.

Pobres de nosotros que no sabíamos que trataban de envenenarnos el olfato y castigarnos el cuerpo con trabajos pesados (sus compras son pequeñas, pero increíblemente pesadas. Deben funcionar con otra gravedad). El caso es que, cuando nuestro cuerpo ya se encontraba en su punto máximo de resistencia, en el límite vertical de la salud, llegó un mazazo que no esperábamos. La guerra había mutado, ya no se trataba de biológia o física. Habían evolucionado hacia un arte más refinado: La guerra psicológica.

Todo comenzó cuando nos disponíamos a ir al cine para ver una comedia. Bajábamos alegremente con nuestros pensamientos de palomitas, risas y quizá sexo después del cine, cuando nos encontramos de frente con Clint Eastwood en versión española y mujer. Le dimos las buenas noches con cautela, pero sin dejar de mostrar nuestro natural aire de buenas personas. Ella nos disparó con indiferencia, un arma tan poderosa como un sable láser o un bate de béisbol en manos de un niño que no mide más que la distancia entre el suelo y tus testículos.

Me diréis que debíamos haberlo visto venir, que eran las señales típicas del arte de la guerra, pero nuestra cabeza no estaba preparada para ese silencio sobrecogedor. Esa agonía mientras nos ignoraba, y nosotros, alegres y joviales vecinos, veíamos caer el castillo de naipes del buenrrollismo comunitario.

Tres meses duró esa guerra sucia en la que usaron la estrategia del poli bueno – poli malo. El bueno era el marido, que nos saludaba por la escalera y hacía como que no había pasado nada, mientras ella no regalaba la indiferencia y la incomodidad. Y cuando estábamos a punto de confesar la muerte de manolete, ser parte de la conspiración para derrocar a Bob Esponja, y alguna que otra multa de trafico, nuestra excelente adversaria nos dijo el motivo de su indignación: Según ella, nosotros, jóvenes tecnológicos avanzados, le habíamos robado del trastero, una televisión de 15” de tubo de rayos catódicos y más de veinte años de servicio.

Esta historia la debo firmar con pseudónimo porque tenemos miedo a las represalias, ya que se acaba el verano y la olla express volverá a rugir en sus fogones. Y como no sabemos cómo explicarle que existen las televisiones planas, estamos trabajando una estrategia para sobrevivir a lo que se nos viene encima: Episode II: Revenge of the neighbors-sith

Winter is coming… and We´ll survive

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