Transformación para Carla

Estándar

Me dejé embaucar por tu mirada lejana e inocente.
Por tu extraña forma de mirarme desde el otro lado del andén.
Así que cuando pasó el tren y tú no te montaste,
quise conocer si allí terminaba tu presente y empezaba nuestro futuro,
o sólo era un punto de partida hacia otro túnel sin ventanas.

Descubrí que tu vida era el rojo de tus uñas y tus labios,
de aquel vestido informal y corto,
como el trayecto hasta las puertas de tu casa.
El rojo de la ropa interior que te quité despacio,
después de decirme que encendiese la luz si quería ver las estrellas.

Tu casa era el blanco de tu piel, de tus fantasmas,
de la sonrisa lenta y enigmática.
De la noche que pasamos hablando entre susurros,
mientras me contabas que ser feliz contigo era un error maravilloso,
pero que por desgracia, nadie lo apreciaba.

Y por fin descubrí que tu cama era el negro de dos o tres errores,
de tus ojos gastados de esperar.
El negro de nuestras discusiones, y tus cambios de humor,
cuando llorabas y me gritabas que si me iba no volviese,
pero que no te tratase como si yo fuese el remedio de tus males.
Lo que más me dolió fue descubrir que en realidad,
tu vida era un maquillaje que cubría tus miedos.
Tu casa una esperanza siempre a medio construir,
y tu futuro se encontraba difuso entre las sábanas,
cuando me pediste que me quedara y te enseñara a ser feliz.

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