Se llamaba Pandora

Estándar

 

Traté de recordarte cuando aún sonreías al levantarte a mi lado.
Cuando follábamos entre sábanas arrugadas y gotas de sudor,
y creíamos que el mundo se detenía en un beso.

Podríamos haber sido felices con tan poco, y sin embargo,
me hice adicto a las preguntas y tú a los silencios por respuesta,
y al final nuestra historia se amontonó en trozos de recuerdos inconexos.

Eran tiempos tristes, sobre los abrazos pesaba el veintiuno por ciento de IVA.
Tú me dijiste que no estarías a mi lado para siempre, y yo me pregunté:
¿Puede un hombre sonreír cuando contempla a la mujer más triste del mundo?

No tardé en comprender que retenerte era hipotecar tu futuro con promesas incumplidas,
que nos pasaría factura cada lágrima, y las dudas sólo serían la excusa perfecta
para decirnos adiós.

Así que besé tus ojos febriles, acaricié la cicatriz de la barbilla que te hiciste de pequeña
y me marché sin hacer ruido.
Y mientras la ciudad se despedía del verano, en mi corazón anidaban todos los inviernos.

No te miento, lo único que conservo de tí es una fotografía ajada
de cuando tenías el pelo corto y la mirada inocente.
Ya no recuerdo dónde la dejé, puede que en aquel libro que olvidé en la estación antes de irme.

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