Un juego de niños

Estándar

Cogí la pistola y la apreté contra su sien, sintiendo el bombeo de la sangre en su deforme cráneo. Tenía ganas de pisarle los cojones, y que estallasen cómo dos globos medio deshinchados después de una fiesta de cualquier Josito.

Él era apenas una masa débil intentando retorcerse sobre su propio eje, gimiendo cómo si eso pudiese salvarlo de su destino. Acumulé saliva para escupir sobre sus sesos una vez se desparramasen por el suelo de linóleo. Escupir sobre su futuro cuerpo inerte, tirado cual zorro atropellado en la Nacional IV. Daba asco.

Amartillé el arma y agudicé mi mejor sonrisa siniestra, ensayada para ocasiones como ésta. Él se hizo más pequeño. El gatillo se tensó. Su muerte, era un hecho.

Entonces oí una voz suave, como si fuese la tranquilidad hecha melodía. Dudé un segundo si disparar o no, hasta que volvió a sonar aquella voz, esta vez más autoritaria que antes. “¡A merendar!” se oía por el pasillo. Solté el arma y me alejé canturreando una canción que había escuchado esa mañana en Disney Channel.

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