El llanto de las lagartijas

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–Follar con Dios debe ser una pasada, pero respondiendo a tu pregunta, no creo que en occidente quede gente con suficiente fe para afirmar la existencia de un ser superior y no odiarlo en lo más profundo de su corazón. Es un cuestión de causa-consecuencia. Cuando no se consigue lo que uno quiere, o no puedes alcanzar ese estado de semipresencia en el que las cosas pasan sin más, sin nada que las provoque o motive, entonces inevitablemente odias a Dios.

Tomó el porro que le ofrecía su hermana pequeña, y la observó mientras aspiraba el humo. En veinte minutos de conversación había ganado diez años, aunque ninguna de las dos eran demasiado dadas a crecer. Un flash de cordura le cruzó veloz el pensamiento, y estuvo a punto de llorar por ella. Eran dos niñas que nunca había conocido la normalidad: los zapatos siempre grandes y agujereados, los pantalones recosidos una y otra vez hasta convertirse en una amalgama de telas unidas con hilos. Triste, pensó. Pero luego llegaron las cosas malas, la ausencia de dinero en casa, las penurias. Elegir entre agua caliente o calefacción con sólo siete años había sido duro, y aún le dolían las manos al recordarse abriendo los regalos de navidad: galletas príncipe y calcetines con costuras que hacía heridas. Su infancia y su adolescencia no habían sido buenas, siempre con el miedo a rendirse, y la certeza de que todo les iría mal hiciesen lo que hiciesen. Luego llegó la enfermedad, y los problemas se hicieron monstruos gigantes.

–Uxia, ¿De verdad creías que me tiraría a las vías?

–Era una posibilidad como otra cualquiera. No le veo la gracia -Intervino esta ruborizándose. Se sentía tonta por pensarlo, pero no era la primera vez que su hermana la ponía en un aprieto- Yo que sé. No me puedes culpar después de tantas veces…

–Tienes razón. No tiene gracia. -dejó que pasasen unos segundos antes de puntualizar- Nunca la tuvo.

Tampoco ella se la veía. No quería tirarse. Nunca lo había pretendido, y siempre habían sido las voces quienes querían hacerla daño. A ella o a su familia. Se enfureció porque su hermana no lo comprendía, no era capaz de verlo y de ponerse en su lugar. No era ella la que quería hacerse daño, eran las puñeteras voces las que una y otra vez le rompían la cordura y la dominaban. Ni ella ni el resto de la familia sabían la diferencia. Por eso la traicionaron, la privaron de su libertad y la despojaron del cariño que tanto necesitaba. En el fondo, odiaba a todos menos a su hermana. A ella nunca la había podido odiar, ni siquiera se enfadó cuando le quitó todos los cordones de sus zapatos porque creía que se escaparía haciéndoles un nudo.

–¿Recuerdas cuando una voz te dijo que te tiraras a la carretera? -le preguntó Uxia con lágrimas en los ojos. Ella asintió, pero no abrió la boca. Le dio otra calada al canuto y se lo pasó. -de pequeña creía que había sido Dios quien me dijo que te agarrase con fuerza y no te soltase. Yo tenía diez y tu quince, pero no pudiste soltarte de mi.

–No lo conseguí -reconoció-. Te empeñaste en sujetarme hasta casa, y mamá tuvo que llamar un taxi porque estábamos montando una escena horrorosa.

Las dos rieron como en los días felices, como antes de la enfermedad. Se quedó pensando en esa mañana, en la salida con su madre para ir de compras, en la primera vez que una voz había tenido poder sobre su cuerpo. Fue una sensación extraña, la voz le animaba a saltar y ella sólo quería volar. Fue el último día que soñó con la libertad. Luego llegaron los psicólogos, las pruebas, las conversaciones que no entendía y las voces cada vez más fuertes, gritándola que saltase, que se matase con lo primero que tenía a mano. Cada vez se hizo más difícil aguantar, y sus padres se alejaban en llantos y médicos que invadían la casa a las tres de la mañana. Entonces, como una imagen nítida en la niebla, vio a Uxia llorando la tarde en que se la llevaron por la fuerza. Le arrancaron de su habitación, del calor de casa y de su vida, para encerrarla en un lugar carente de Dios. Rompieron su alma para no tener que pelear con el demonio que la poseía. La mataron para evitar que se matase.

Un tren pasó veloz, mientras su hermana la miraba de reojo, atenta a cualquier gesto suyo. Pero ella no quería volar, quería huir. Dios era un objeto inalcanzable, y quizás en otra parte se escuchase el sonido del mar sin tener que temer a las gaviotas. El tren terminó de pasar y Uxia se relajó visiblemente. Le pasó el porro y se agarró las piernas.

–Siempre me gustó el nombre de Piñata. Fue el regalo más bonito que me has hecho nunca.

–Éramos pequeñas -respondió Uxia quitándole hierro al asunto- Pensaba que si te rompías por la mitad encontraría caramelos en tu interior. Una estupidez… Ahora sé que no te romperías por la mitad, sino en mil pedazos. Y eso me asusta.

–Crecer es el paso más torpe del mundo, hermanita. Pero quien soy yo para dar consejos a alguien cuerdo. A fin de cuentas, el mundo no quiere que la gente como yo piense. Eso sería incómodo.

Uxia se acercó a ella y la abrazó con fuerza, volviendo a la chimenea de la casa de sus abuelos, a los años de paz y risas. Trataba de no llorar, pero lo hacía, porque sabía que Piñata se estaba yendo poco a poco, desde el mismo momento que la arrancaron de casa. Sabía que solo ella, su hermana pequeña, podía hacer de ancla para no verla partir mar adentro. Dudó un segundo si confesarle que su madre y la policía estaban avisados, que debía correr si quería escapar de las medicinas, ser libre para morir o vivir. Pero hiciese lo que hiciese, Piñata sabría que ella también era el enemigo, y no había forma de explicarle que, loca o cuerda, era la mejor hermana que nadie podría tener. Porque sólo ella podía soñar con tanta fuerza que los gritos de sus padres se convirtiesen en auroras boreales. Deseó, por un instante, intercambiarse los papeles con su hermana, ser ella la loca. Un deseo estúpido de una niña estúpida.

–Sé que has llamado a mamá -dijo, adivinándole el pensamiento- y por un lado estoy cabreada, pero sé que esto tiene que ver más con las lagartijas. Tú no tienes la culpa. Te hice crecer demasiado pronto. O quizá te impedí crecer, a veces no lo tengo claro.

–Alguna vez podríamos ir a la playa las tres juntas. A mamá le gustaría.

–Mamá sólo quiere que dejen de llorar los colchones. Pero sería bonito.

Las sirenas irrumpieron con fuerza, queriendo comerse el aire a bocanadas. Las dos hermanas se abrazaron más fuerte, como si el resto del mundo no existiese, mientras hombres vestidos de uniformes azules o blancos corrían hacia ellas. Ambas se levantaron despacio. Instintivamente ella buscó trenes, pero no había ninguno cerca. Se sonrieron, cómplices, regresando a los cinco o a los nueve, cualquier tiempo pasado y feliz.

–No tuve más remedio que hacerlo, Piñata. Lo sabes, ¿verdad?

–Pensándolo bien, follar con Dios no tiene que molar tanto, pero respondiendo a tu pregunta, dile a mamá que por mi cumpleaños no quiero nada. Sólo que me lleve a casa contigo.

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Fotografía de Mar Argüello Arbe

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