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Retrato nº31

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Tocó con la mano la pared del final del pasillo y resopló, antes de comenzar a toser y agitarse con violencia. Tuvo que sujetarse al mueble para no caerse. Cuando se recuperó, sacó dos piedras del cuenco y la dejó sobre la madera del mueble. Nueve piedras, nueve vueltas. Tres menos que el día anterior. El médico le había dicho que andar favorecería el retraso de lo inevitable, y él se había lanzado como un obseso a recorrer su largo pasillo una y otra vez. El primer día fueron noventa y nueve vueltas sin toser ni cansarse. Hoy, las dos cifras estaban tan lejos como sus viajes al mar o sus fiestas de fin de año.

Se había convertido en un muñeco que hacía tres funciones: Dormir, andar y comer. Y sin embargo, no estaba dispuesto a que esos tres tesoros se perdiesen. Mañana haría dieciséis vueltas, y pasado treinta y dos.

Una de sus zapatillas se enredó con la otra y su cuerpo voló hasta impactar con el suelo. Trató de toser, pero le dolía tanto la zona de las costillas que apenas podía respirar. Miró el final del pasillo calculando los metros que debería arrastrarse para conquistar el décimo pasillo. Las dos cifras. Se había tragado un diente, y eso debía contar como comida, se dijo mientras agarraba el marco de una puerta y tiraba con todas sus fuerzas. El dolor le recorrió la espalda como un látigo y le hizo acurrucarse. Volvió a mirar con nostalgia la pared. Había andado aquella mañana nueve vueltas, había comido un diente, y sólo le quedaba dormir.

Se dio la vuelta tratando de encontrar las piedras del cuento, la imagen que le consolase cuando todo acababa. La palmada que le dijese: luchaste hasta el final: ¡Bien hecho!

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Retrato nº26

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Ella se encuentra tendida en la cama de lado, mirando el infinito blanco de la pared, apoyada sobre su brazo derecho. No piensa en nada, o para ser más exactos, piensa en tantas cosas a la vez que su cabeza no puede procesarlas. Él se percata de que no duerme, y con extrema delicadeza sonríe y le recorre la espalda desnuda con un dedo. La besa suavemente, tratando de borrar el presagio de nubes de su rostro. Sigue acariciándola buscando el punto que la haga sonreír. Debe de tener algún punto, piensa.

Acaricia las caderas y la sigue besando por donde pasa su dedo. Llega hasta las piernas y observa la mancha roja oscura sobre las bragas grises. Suspira y la abraza con más fuerza.

—El próximo mes lo conseguiremos —le dice en un susurro—. No te desanimes.

Ella suspira a la vez que él lo hace. Lo ha sabido durante toda la noche. El dolor de los días previos, los cambios de humor. Sabe que él lo llevará peor. Está demasiado ilusionado para darse cuenta de lo que ella siente. Se deja abrazar y escucha las palabras amortiguadas en sus oídos.

—Seguro que si —contesta mecánicamente mientras una lágrima rueda por el ojo que él no ve—.

Esa lágrima ambigua. Esa lágrima que dice dos cosas diferentes para quien lo ve y para la dueña de la misma. Él piensa que no puede darle un hijo, ella vuelve a suspirar. La vida sigue. Mientras la sangre brote, hay esperanza. Aún no está preparada para ser madre.

Se gira y le sonríe. Sabe que a él le hace mucha ilusión. Tiene el nombre elegido. Ella en cambio, tiene la esperanza suspendida entre veintiocho días de incertidumbre, y el manar lento y rojo del alivio.